La cultura de póster

por P. Ángel Manuel Hernández Gutiérrez, www.misionmoderna.com

Toda organización, incluida la iglesia, tiene una cultura. Pero hay dos tipos: la que se vive y la que se imprime. La segunda es la “cultura de póster”: carteles con palabras bonitas que adornan las paredes y tranquilizan la conciencia, aunque no cambien nada.

En muchas iglesias se repiten frases como “somos una familia”, “amamos a todos” o “servimos con excelencia”. Pero basta observar cómo se trata al voluntario, cómo se manejan los conflictos o cómo se toman las decisiones para descubrir cuál es la verdadera cultura. Cuando las paredes predican más que las personas, estamos ante un modelo de postureo, no ante un auténtico modelo celular. Porque la cultura real del Reino no se define en la imprenta, se demuestra en la conducta.

La “cultura de póster” se parece a algo que una vez vivimos en nuestra Casa de Acogida para personas sin hogar: uno de los residentes tenía un dedo gangrenado y decidió cubrirlo con maquillaje. Poner maquillaje sobre una herida puede tapar el color, pero no cura la infección. Así ocurre con ciertas apariencias espirituales: sirven para las fotos, para la web o para la charla de bienvenida, pero no para la vida diaria. En lo cotidiano, lo invisible es lo que manda: cómo reaccionamos cuando alguien falla, cómo se reparte el reconocimiento, cómo se maneja el poder o cómo se recibe al nuevo. Por ejemplo, puedes tener un cartel que diga “trabajamos en equipo”, pero si los líderes compiten entre sí, la cultura real es “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 17:6). Puedes declarar “somos una familia”, pero si el que piensa distinto es descartado, esa frase es solo decoración. O puedes decir “servimos con excelencia”, pero si nadie reconoce a los que sirven, el mensaje que llega es: “sirve, pero no esperes gratitud”.

La diferencia entre el póster y la cultura viva es la coherencia. El cartel inspira, pero la coherencia transforma. No basta con enseñar valores; hay que encarnarlos. Jesús no colgó pancartas con sus principios: los vivió entre la gente. Lavó pies, abrazó a los rechazados, perdonó a los traidores. Él fue la cultura del Reino hecha carne. Ese es el ejemplo que debe mover el modelo celular: “sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Una iglesia celular madura no necesita lemas; necesita fortalecer su modelo con personas que vivan lo que predican, equipos de líderes que confirmen con sus decisiones lo que declaran con sus labios.

Así que, si quieres saber si una iglesia es auténticamente celular, no mires los pósters: mira los pasillos, escucha los tonos de voz, observa cómo se responde cuando nadie aplaude. Ahí está la verdad.

Bendiciones de lo Alto

P. Ángel Manuel Hernández Gutiérrez,www.misionmoderna.com


Publicado originalmente en Joel Comiskey Group.