La Danza De Las Cintas

por P. Ángel Manuel Hernández Gutiérrez, www.Misionmoderna.com

A finales de 1999 estaba completamente rendido. Llevaba casi dos años en Fuerteventura, una isla entonces muy pequeña y profundamente identificada con la tradición católica, donde la predicación del evangelio encontraba una gran resistencia. Había puesto en práctica todo lo que me habían enseñado: campañas evangelísticas durante los tres meses de verano, predicación en las calles, reparto de miles de folletos, oración, ayuno y muchas otras iniciativas. Todo ese proceso lo relato con detalle en mi libro ¿Qué pide Dios de ti?, disponible en Amazon. Sin embargo, el desgaste físico, emocional y espiritual fue tan intenso que, al terminar la última campaña evangelística de 1999, sufrí un desmayo por agotamiento psicológico. Sentía que ya no tenía fuerzas para continuar.

Fue aquella misma noche cuando el Espíritu Santo me despertó y puso en mi corazón una imagen muy clara. Me recordó una danza tradicional de Canarias llamada la Danza de las Cintas. Quizá quien no sea canario no la conozca. En ella, un grupo de danzadores gira alrededor de un palo central sujetando largas cintas de colores. A medida que avanzan, las cintas se van extendiendo, cruzando y entrelazando siguiendo un orden preciso hasta cubrir por completo el palo. Después, recorriendo el mismo camino en sentido contrario, las cintas se desenredan y vuelven a quedar completamente extendidas. Todo el proceso exige coordinación, unidad y que cada participante permanezca fiel a su lugar. Mientras contemplaba aquella imagen, el Señor habló a mi corazón: “Así deben funcionar la Iglesia.” Comprendí que cada cinta representaba una célula que sale para alcanzar nuevas familias, nuevos barrios y nuevas personas. Cuanto más se extienden las cintas, mayor es el alcance de la iglesia. Pero todas regresan al mismo centro, la celebración dominical, donde el cuerpo recibe dirección, fortaleza, comunión y renovación para volver a salir. Aquel día entendí un principio que ha marcado nuestro ministerio durante todos estos años: las células producen el crecimiento; la celebración produce la fortaleza. Las células son los brazos de la iglesia que llegan donde el templo jamás podrá llegar; la celebración es el corazón que da unidad, identidad y fuerza a todo el cuerpo.

Desde que comenzamos a aplicar ese modelo, la iglesia nunca ha dejado de crecer ni de fortalecerse. Aquella pequeña congregación de apenas ocho personas se ha convertido, por la gracia de Dios, en una iglesia con más de dos mil personas integradas en células y con un promedio cercano a sesenta personas nuevas cada mes. Mirando hacia atrás, estoy convencido de que aquel momento de agotamiento no fue el final de nuestro ministerio, sino el comienzo de una nueva etapa en la que Dios nos mostró que su obra no crece por el esfuerzo de unos pocos, sino mediante un cuerpo unido que se extiende y vuelve continuamente a su centro para recibir nuevas fuerzas, es decir, la iglesia de dos alas.

Bendiciones de lo Alto

Pastor Ángel Manuel Hernández Gutiérrez, Misión Cristiana Moderna


Publicado originalmente en Joel Comiskey Group.