Las Distracciones

por P. Ángel Manuel Hernández Gutiérrez, www.misionmoderna.com

Según un estudio de la Universidad de Harvard titulado “A wandering mind is an unhappy mind” (“Una mente errante es una mente infeliz”), los investigadores Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert descubrieron que pasamos casi la mitad de nuestro tiempo despiertos con la mente en otro lugar, distraídos, divagando, y que esa dispersión no nos hace más productivos ni más felices, sino lo contrario. Lo sorprendente del estudio es que la felicidad no depende tanto de lo que hacemos, sino de estar presentes en lo que hacemos. Una mente enfocada se llena, una mente dispersa se vacía. Y lo mismo sucede en el ministerio: cuando nos enfocamos en lo esencial, florecemos; cuando nos dispersamos en lo accesorio, nos agotamos y perdemos rumbo.

La visión celular exige concentración. Podemos tener claros los principios, incluso emocionarnos con la visión, pero si no aprendemos a concentrarnos, terminaremos diluidos en mil actividades que parecen útiles pero que no producen discípulos. Es el síndrome de “hacer de todo y no avanzar en nada”. Muchas veces en la iglesia nos convertimos en “Martas ministeriales”: corremos de un lado a otro, llenamos la agenda de programas, eventos y reuniones, pero olvidamos lo esencial: formar discípulos que permanecen a los pies de Jesús. Un pastor o un líder puede acabar cansado, ocupado y hasta reconocido por su hiperactividad, pero vacío en resultados de multiplicación. Y la razón no está en la visión, sino en la falta de concentración.

Jesús lo explicó con la parábola de la semilla (Mateo 13:22): “El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra; pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa”. Los espinos representan las distracciones, cosas legítimas en apariencia, pero que terminan asfixiando la vida. No son necesariamente pecados, sino pesos (Hebreos 12:1). Y en la vida celular, estos espinos son los programas paralelos, las agendas sobrecargadas, los compromisos sociales y hasta el deseo de agradar a todos.

La concentración en la visión celular implica tres actitudes: Discernir lo esencial de lo accesorio, porque no todo lo que parece de Dios, contribuye a hacer discípulos. Aprender a decir “no” con elegancia, es decir, rechazar lo que nos desenfoca, aunque sea legítimo, y estando dispuestos a pagar el precio de ese “no”. Mantener los ojos en el faro del puerto, hacer discípulos a través de las células es el faro, porque el puerto es Cristo. 

En el reino de Dios, lo contrario de la multiplicación no es el fracaso, sino la dispersión: de tiempo (ocupados en todo, menos en lo esencial), de fuerzas (mucho esfuerzo en cien direcciones) y de visión (muchas ideas, poca fidelidad al plan de Dios). El fracaso se nota, pero la dispersión se disfraza de éxito: programas, eventos y actividades que llenan agendas, pero no producen discípulos. Una iglesia dispersa está ocupada, pero no enfocada; se mueve mucho, pero avanza poco. La iglesia primitiva se concentró en predicar, discipular y multiplicar, y por eso creció. La concentración en lo esencial produce multiplicación.


Publicado originalmente en Joel Comiskey Group.